El de la semana

Llegan sin avisar.
Tinden a ser prolíficos, aunque también los hay puntuales. Lo que sí resultan son inoportunos y perturbadores. Como aquel que se levanta habiendo aprendido ruso; un día como otro cualquiera estás en el sofá viendo la La isla de las tentaciones, duchándote o conectada al mundo por un cable blanco y ocurre.
El primer impulso es repetir el gesto de apagar o encender o viceversa sobre un interruptor que hasta parece haber adquirido una sensibilidad diferente.
No hay manera y te preguntas si eres tú, así que sales a la escalera y te aseguras de que todo allá afuera parece estar igual.
Lo normal en estas ocasiones es culpar a las subidas de tensión, a la compañía eléctrica o al microondas nuevo, culpable a todas luces (je, je) del cortocircuito -
Los apagones, igual que no tienen horario, tampoco tiene prisa. La suerte o la desgracia es que ya nadie acusa la ausencia de velas en el cajón de las pilas, las cintas de medir y la miscelánea de objetos que te resistes a tirar a pesar de que nunca encontrar su sitio. Vuelves a prestar atención a la ajena pantalla del móvil que te aísla del miedo a la oscuridad y la soledad.
Y de repente, vuelve como si nunca se hubiese marchado.
Y tú, cómplice y testigo dejas que la onomatopeya de sorpresa atrás volviendo al punto donde nunca lo dejaste sin más voltios.

una fotografía de marta rived

FYI. 

Copy -más o menos creativa-.

Escorpia y/o ultracrepidiana, ciao.

Vila de Gràcia.

¡Dale al