Veinte reggaetones de amor y una persecución desesperada

Llevábamos dos semanas preparando esa noche. Dani creó un grupo de Whatsapp para planear con mucho mimo los pasos que daríamos aquella madrugada.

Los tres teníamos bastante claro dónde dar el pistoletazo de salida a la noche de fiesta: la casa de Ana. Nuestro centro de operaciones, el piso franco. El punto de desencuentro, o lo que es lo mismo, la gran trifulquilla se desencadenó cuando decidimos alrededor de las 19.00 dónde mover las caderas al ritmo de la latinada de moda.

Dani pujaba por el Casco, Ana por la Zona y yo, contaba monedas tratando de salir bien parada de aquel pseudoclub de la lucha. Entonces, Ana me escribió las que serían sus últimas palabras: “Si tú también vas a ir al Casco, me lo dices, no me arreglo y me quedo en casa durmiendo el melocotón”. La tranquilicé, yo también quería ir a la Zona.

Una vez en su casa, tan bellos y relucientes como un lapislázuli nos sentamos entorno a la mesa de café de Ana. A cada rato íbamos sumando una silla más de colaborador a la velada. Y de un momento a otro, estábamos en casa un total de nueve culos y solo seis personas. Es decir, tres culos correspondían al de las botellas de licor que nos habíamos emponzoñado.

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Esto es una pulsera de LAPISLAZULI, ¿vale?

A partir de este punto ocurrió como en las familias de las folclóricas, nos dividimos en dos grupos enfrentados: los que se fueron al Casco y las que iríamos a la Zona. Ambos dividendos surgidos fueron alícuotas por lo que la noche pudo continuar con dignidad social.

Las tres chicas que conformábamos el equipo Zona nos subimos a un taxi que nos descargó frente al que era nuestro bar de cabecera, Inblue. Se rumorea que hubo una época en la que sostuvimos su balance de cuentas en positivo. Yo, llegadas a este punto recuerdo moverme con la destreza de un alumno de la Escuela de Artes Escénicas de Carmen Arranz, subiendo y bajando más que el Ibex35. Pero, la sorpresa de la noche todavía estaba por aparecer. Como el arcoíris después de la tormenta, recibí un Whatsapp de mi primo Gustavo, que no oculto su nombre porque es más conocido que Isabel Pantoja en Alcalá de Guadaira. Estaba en el bar de al lado con un amigo y habían estado cenando ‘macarrons’ regados con champán. Vaya, que estaban más borrachos que un soldado del ejército ruso. Sin avisar, no me gusta dar explicaciones, agarré mi falda de gasa y me fui en su búsqueda.

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¿Os acordáis de Carmen Arranz?

Ellos, más divas que Sonia Morroy en la gala de los Oscar decidieron entrar en el bar contiguo a disfrutar de unos chupitarros de los que te hacen un lavado de estómago por las buenas o por las malas. Al tercero, vislumbré a Ana alzando su gadgetobrazo para pedir dos copas, que le salieron casi por el mismo precio que la matrícula para la Universidad.

Más que un bar, aquella sala de fiesta parecía una consulta de gestión de egos. En cualquier momento alguien iba a salir bailando en tanga de lentejuelas del falso techo de pladur.

Nada surgió del techo, pero yo quise comprobar si había una trampilla bajo nuestros pies. Así que resbalé de la forma más vil posible: de espaldas y con un vaso entre las manos. Esta desafortunada incidencia provocó que a mi alrededor se generara una onda expansiva y la gente formó de manera espontánea un perímetro de seguridad. De seguridad en haber hecho el ridículo delante de todo el bar. Que nadie quedara al margen.

Gustavo fue quien vertió el testimonio más desgarrador, asegurando que recordaba todo a cámara lenta. Que yo caí al instante, y la falda de gasa tardó del orden de hora y media en perder apresto, metafóricamente podríamos decir que yo fui el terremoto y la falda de gasa el tsunami.

Por si estos ingredientes no fueran suficientes para solicitar una nueva identidad, un búho nocturno del local que me pareció bastante bello (ocultaremos su identidad bajo el pseudónimo BLoco 1) , lo había visto todo. Vaya, que mi objetivo de meter morro se ponía cuestarriba.

Como suele ser habitual, últimamente no tanto, echamos la persiana del bar e incluso casi nos da una escoba para que lo dejásemos limpio. No, es broma, fuimos con la música a otra parte, concretamente a la discoteca que estaba a la vuelta de la esquina.

Gustavo, su amigo, Ana, su amiga, mi falda de gasa y yo nos reincorporamos a la actividad nocturna sin resentirnos ni un segundo.

Vaya, cuál fue mi sorpresa cuando BLoco 1 hizo acto de presencia, saqué la tarjeta del BBVA… ehhhhh, no penséis mal… invité a todo el bar a chupitos.

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Mientras tanto, en la otra punta del tugurio, Gustavo se dispuso a evacuar los riñones para evitar la enuresis nocturna, con tan mala suerte que en un arranque de brutalismo empujó la puerta del baño con fuerzas hercúleas sin percatarse que detrás había un vendedor de soluciones de aseo (perfumes, condones, pañuelos, tangas…) por lo que la fricción entre la puerta del baño y la nariz de este inoportuno individuo sonó como una pedrada en una puerta de chapa.

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El inoportuno individuo será interpretado por Luis Enrique en la película basada en esta historia real.

Los hechos derivaron en una sin razón de amenazas hacia mi primo, por lo que los porteros del establecimiento de ocio nocturno tomaron una decisión salomónica: echar al débil. “Pude escuchar el ruido de las tijeras al cortarme la pulsera de papel”, explicó posteriormente en un audio tan mítico como mediático.

Al parecer, según ese mismo audio, solicitó piedad en varias ocasiones, una de sus últimas voluntades fue el avisarme de su expulsión para así que yo le acompañara. Pero no, involuntariamente decidí que mi noche no podía darla por concluida sin que pasara a la posteridad. Merece la pena resaltar, que Ana se encontraba aparcada (literalmente) sobre una columna de piedra blanca con la misma usabilidad que ella, ninguna.

En un descuido, fui a echarle dinero al parquímetro para poder mantener a Ana en situación regular. Y de repente, BLoco 1 desapareció, pero yo supe dónde encontrarle, y le encontré, pero era tarde. Acababa de apearse en taxi del lugar. Sí, ‘acababa’, por lo que un par de segundos no podían alejarme de mi propósito. Agarré la falda de gasa con el arte de quien cruza un charco en la peregrinación a la virgen del Rocío y eché un ‘sprint’ como solo había visto en la carrera de tacones de Chueca.

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Tal que así.

Y SÍ, ME ASIDÉ DE LA MANIVELA DEL TAXI, Y ME SUBÍ. Tiempo después, Pitbull basó su canción de “Yo la conocí en un taxi, in camino pal club” en mi historia, por la que nunca percibí el canon que me correspondería como autora intelectual.

Pero saben qué, no pasó nada. Nada, ni un esguince como herida de guerra. Eso sí, quedó una historia que nunca, nunca, nunca, pasaraá al olvido.

Bonus track: El grupo de Whatsapp continúa actualmente bajo el nombre de ‘Bollo Loco’.

 

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