Los ladrones van a nuestra casa (parte final)

(CUIDADO. Spoiler al final del texto)

Mi corazón se precipitó al vacío ante la concatenación de evidencias y certezas: Nos habían entrado a hurtar por la ventana. Realmente, mi sueño es tan profundo que el Malvado Malhechor podría haber escalado con sherpa incluido sin haberme despertado.

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*Sherpa. No hay más preguntas, ¿no?

No obstante, sabía que el Karma me había dotado de un saco de suerte aquella madrugada por tantas y tantas veces que cedí la última croqueta, o el trozo más grande de pastel. A tan solo un palmo del lugar donde fue visto el celular por última vez, había permanecido ‘guardada’ mi máquina de retratar durante el último año. Ahora sé, que ahí arriba, hay algo, llámalo Dios, llámalo Ana (karma)n… –en conmemoración a mi madre, Ana Carmen-.

Una vez me recuperé del shock inicial, activé el modo gabinete de crisis y llamé a quien sin lugar a dudas es el cerebro de nuestro coqueto pisito: mi compañera de piso la gallega, en adelante, Albariña. Este será su mote porque, además de amar este caldo, puedo decir que con ella me pasa como cuando bebo Albariño, me da la risa tonta.

Albariña rozaba ante mi relato la incredulidad más absoluta, haciendo gala de uno de los males gallegos: la desconfianza. Y yo, que recuerdo, soy de Zaragoza y sobre todo, un poco pava, le dije: “Evidencias, como las meigas, haberlas, las hailas”. La maquinaria del drama acababa de ponerse en marcha tras nuestra conversación telefónica.

Con el estómago y, por supuesto, las ventanas cerradas, me tumbé en la cama a esperar, que era lo único que podía hacer mientras El Vasco se apretaba un plato de arroz negro que dejó la casa con un olor que ni la sección de pescadería del Mercadona.

Al filo del mediodía se accionó la cerradura de la puerta de entrada para dar la bienvenida a nuestra Albariña, y con ella: el sosiego y la tranquilidad, las preguntas y los interrogantes.

Fui la primera en hablar. Y las palabras se me quedaron cortas, dando paso a una reconstrucción digna de Cuarto Milenio, sacando a relucir mi brazo con sus espeluznantes pelos de punta. Un valor en alza cuando se habla de sentir terror.

Albariña reaccionó fugaz: “Llamemos a los Mossos”. Dicho y hecho. La Policía catalana se personó en nuestra humilde jaula de cartón mientras la cuadrilla vasca comía una pizza familiar por cabeza alrededor de la mesa del salón, como si los nervios les hubieran superado al punto de tenerles que inocular un camión cisterna de Valium.

La pareja de Mossos cruzó el umbral de la ventana del crimen para comprobar que, efectivamente, nuestras pesquisas eran algo más que suposiciones al albor de los delirantes sofocos veraniegos. Aquel dúo dinámico se mostró convencido, y yo aliviada. Recordemos que me interesaba reunir pruebas para salir con premura de la lista de posibles sospechosos.

Mi fascinación se elevó a niveles megalíticos cuando tras la enésima valoración sorpresiva de lo aquella noche acontecido… recordamos que justo entre el sofá cama y la ventana, es decir, en un espacio de menos de dos metros, se encontraba instalado un tendal*. Vaya, según las palabras de la autoridad, podría decirse que aquel o aquellos ladrones habrían podido participar en el Gran Prix alzando a su pueblo como ganador de ganadores a juzgar por sus habilidades en gynkanas.

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*Tendal. Esto en mi casa se llama: tendedero.

Cuando la visita policial llegaba a su fin y todos los ingredientes apuntaban hacia la veracidad de nuestro relato y ya nos repartíamos el cartel de inocentes, un vasco dijo una frase que pudo dar al traste con todo el engranaje: “Menos mal que no nos despertamos, agente, porque del mismo susto, lo agarramos entre los tres. En vez de estar investigando un robo, estaríamos hablando de un homicidio”. Se nos quedaron los pelos como cables de alta tensión.

Cuarenta y ocho horas después recibí una llamada telefónica en el número de contacto que proporcioné a los Mossos d’Escuadra. El cuerpo de la policía científica investigaría los rastros dejados en un más que posible renuncio del Malvado Malhechor.

Y, queridos amigos de la vida honrada, deciros que sí, que allí en nuestra ventana fueron detectadas unas huellas de ser humano que por su marcaje indicaban que, la próxima vez, cerremos las ventanas aunque al levantarnos nademos en una cama de agua y sudor. Como dice el dicho (adaptado al lenguaje caco): “Cuando se cierra una ventana, se abre una puerta”.

Justo junto al reflejo de la lámpara, los profesionales de la lucha contra el crimen, hayaron los restos del Malvado Malhechor. Podréis observar la marca de los dedos. Una marca que podremos borrar con Sanitol, pero nunca de nuestra memoria. Terror.

 

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