Los ladrones van a nuestra casa (parte 1)

Hay días, como este pasado domingo, donde la vida te recuerda que debes permanecer tan alerta como un paranoico en una fiesta de Halloween.

Marqué de ningún color el 11 de septiembre en el calendario, Diada Nacional de Catalunya. Pensaba invertir este día tan señalado para manifestar mi derecho de dormir hasta que me duela la espalda. No obstante, el destino tenía otros planes para mí.

El día anterior había ido al Ikea de L’Hospitalet para reorganizar mi habitación. Los bolsos encajaban como un Tetris, junté cada calcetín con su consorte, y clasifiqué cada prenda con sus homónimas. Incluso, un pequeño hueco libre se postulaba para acoger a buen recaudo mi cámara réflex (retened este dato). Lucía tan maravilloso, que incluso retraté el resultado final para colgarlo en mi nueva obsesión: Historias de Instagram.

Mientras yo regaba la semilla de mi Trastorno Obsesivo Compulsivo, alguien planeaba algo muy distinto para con mis pertenencias. En la otra punta de Barcelona, quizá a la vuelta de la esquina, no lo sé, un ser humano de dudoso sentido de la propiedad (en adelante: Malvado Malhechor) planeaba indecentes dislates para aquella madrugada de domingo ante mi inherente inocencia.

A las 00.00 con la alegría del trabajo bien hecho, y la correspondiente fotografía enviada al Whatsapp de mi madre para regocijo mutuo, apagué las luces y me dispuse a dormir con todos los esfuerzos que estaban en mi mano. Suelo pernoctar con la puerta abierta para que la leve brisa mediterránea me recorra el cuerpo de la uña del pie hasta la última punta abierta de mi cabello. No obstante, fui precavida, mi compañero de piso vasco (en adelante: El Vasco) volvería ufano junto a sus dos colegas de las vascongadas tras asistir a la improbable victoria del equipo de Vitoria, el Alavés, frente al FC Barcelona. Preveí que harían más ruido que en la tamborrada de Donosti con la que mi vigilia se vería increpada por sus sonoras voces. Cerré mi puerta y poco después, caí bajo el embrujo de Morfeo.

A la mañana siguiente, en torno a las 10.00 a.m. sonó mi móvil y crujieron mis costillas flotantes como un langostino cuando le arrancas la cabeza. Era El Vasco, que si estaba en casa. Le animé a comprobarlo abriendo mis aposentos. Lo hizo al ritmo que yo me envolvía entre las sábanas como una larva de mariposa.

  • “Que nos han entrado en casa”, afirmó con la rotundidad que solo alguien del Norte puede expresar.

Y yo, le di el mismo crédito que cuando al inicio de temporada, mi padre dice que “Este año el Zaragoza sube a primera sí o sí”.

Sus colegas le dieron la razón con el mismo arrojo con el que se enfrentan a un chuletón de kilo y medio. Según su propio relato, el malvado malhechor habría accedido a nuestras dependencias privadas sitas en (un barrio residencial de Barcelona) en una horquilla horaria comprendida entre las 2.00 a.m y el amanecer. El Malvado Malhechor se habría introducido en el interior de nuestra vivienda a través de la ventana, obviando la peligrosidad de contar con la presencia de dos vascos (porque eso se les notaba en la cara) durmiendo en el sofá cama. Como resultado de la violación de nuestra intimidad y consiguiente allanamiento de morada, fue sustraído un novísimo Samsung Galaxy S7.

  • “Pero qué estáis diciendo, tío. Anda, vamos a recoger que seguro que está debajo del sofá”, repliqué con el cuajo de un domador de leones.

Con ocho ojos nos pusimos a buscar hasta debajo de la tarima flotante y ahí no hayamos ni rastro de tecnología nipona ninguna.

Así las cosas, El Vasco decidió emprender una pesquisa por su cuenta ante mi incredulidad. Tanto ímpetu puso en su tarea que no tardó ni dos segundos en encontrar la huella indeleble del Malvado Malhechor en una pequeña repisa del exterior de nuestra ventana. Ahora sí, la sangre de mis venas comenzó a solidificarse. 

¿Continuará?

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