El Buste estuvo a “diez o doce metros” de desaparecer

El Buste sufrió hace 43 años un accidente aéreo de dos aviones del ejército americano que estuvo a punto de arrasar la localidad.

Artículo publicado en HERALDO.ES

La localidad zaragozana de El Buste cumplió el pasado 14 marzo 43 años. Y es que en esta fecha se cumple una efeméride que pudo acabar con este pequeño pueblo de tan solo 68 habitantes de la comarca de Tarazona y el Moncayo.

Pasados unos minutos de las nueve de la mañana, dos aviones Phantom, modelo F-4, del ejército de EE.UU. , chocaban contra una cresta rocosa denominada como El Puntal de El Buste. En este accidente aéreo perdieron la vida cuatro pilotos estadounidenses, pero la tragedia pudo ser mucho mayor, tal y como indicaban los vecinos a Heraldo de Aragón: “Si los aviones hubieran volado solo diez o doce metros más bajo habría desaparecido el pueblo”.

Estos potentes aviones militares volvían de unas maniobras en el Polígono de Tiro de Las Bárdenas Reales (Navarra). En su camino de vuelta hacia la Base Área de Zaragoza se vieron sorprendidos por el monte La Rocha sin poder remontar el vuelo, ejercicio que afortunadamente sí pudieron llevar otros aviones que seguían la misma trayectoria. Según narraron los vecinos, la niebla era densa esa mañana de finales de invierno.
La fortuna se alió con El Buste
Laura Gil era una niña de tan solo seis años de edad a la que se le antojó chocolate en polvo para desayunar. “La mandé a comprarlo a la tienda y cuando puso un pie en casa, ¡Booom!, la puerta de la cocina se abrió de par en par”, explica Mari Luz Modrego, vecina de El Buste y madre de Laura, quien ahora tiene 49 años. “Mi suegro, que era sordo como una tapia, estaba en la cama y se levantó del estruendo”, indica dando buena cuenta de la magnitud de la explosión.

Mari Luz no duda en destacar cuál fue la hora del accidente: “Las 9.15 de la mañana. En aquel momento no miré la hora”, recuerda. “Se comentó en el pueblo que el reloj de uno de los pilotos se quedó parado en ese momento”. El marido de esta vecina de 76 años -33 años en 1972- fue de los primeros en acudir al lugar de la tragedia, incluso pudo presagiar el desenlace: “Llevan billete para poco rato”, comentó Luis Gil a su cuñado minutos antes de las explosiones. Él fue de los primeros en ir a la zona cero a comprobar si quedaba algún piloto con vida. Junto con él acudieron más personas que, pasados los años y con un intervalo de siete años, fallecieron como consecuencia de un cáncer. A pesar de no existir evidencias sobre la relación entre esta enfermedad y el accidente, Mari Luz cuenta que el médico que atendió a su marido sí estableció una relación directa entre ambos acontecimientos como consecuencia de la posible existencia de fuertes niveles de radiación.
“A ningún vecino le rozó un pelo”
El artículo publicado en Heraldo de Aragón al día siguiente de la tragedia destaca la labor de extinción y ayuda de los hombres del pueblo que todavía estaban en las casas preparados para ir al campo a laborar. Aun así, algunas mujeres se acercaron hasta el lugar para comprobar qué es lo que había pasado. “Dejé a mi hija Laura con sus primos en casa de una vecina” y subimos a ver el panorama”, rememora la vecina del El Buste. “Recuerdo ver a una de mis tías correr con dos tinajas de agua de 10 litros bajo los brazos hacia el accidente”, explica al tiempo que señala la dirección en la que se dirigía. Las imágenes de aquel día no se han borrado de la memoria de los vecinos, que recuerdan cómo quedaron las paredes de las casas cercanas a las explosiones, llenas de restos humanos y metálicos. Los animales de la casa más próxima al monte de La Rocha quedaron reventados por la deflagración.

Ana Carmen Barea es vecina de Zaragoza, pero esporádicamente se desplazaba hasta la localidad zaragozana para visitar a la familia de su marido. Al día siguiente del accidente, aprovecharon para acercarse por el pueblo: “a la salida del colegio acudimos para interesarnos por mis cuñados y mi sobrina. Cuando llegamos ya no quedaba nada, al parecer los americanos se dieron prisa en limpiar”, reflexiona. Minutos después del accidente, llegó un primer helicóptero para comprobar si había supervivientes. En días sucesivos aparatos similares a los siniestrados estuvieron sobrevolando el pueblo para elaborar las correspondientes pesquisas para conocer qué factores desencadenaron el suceso.

Por el contrario, Mari Luz sí fue testigo de cómo amontonaron los restos de los aparatos en un solar –ahora edificado- a la salida del pueblo para después llevárselos en camiones. Los vecinos del pueblo, incluida Mari Luz, guardaron restos de los aviones siniestrados como recuerdo del fatídico día que vivió el pueblo y que todavía hoy surgen entre los campos.

Con distancia, Mari Luz recuerda como “un milagro” aquella mañana de marzo. “No paraban de caer cascotes y trozos de los aviones y a ningún vecino le rozó un pelo”, cuenta todavía sorprendida por la fortuna. “Los aviones pasaron al lado de la ermita de San Roque y quedó intacta”, recalca sobre la buena suerte que corrió el pueblo.

Sin duda, la tragedia se cebó con el pueblo aunque no así con sus habitantes. Según cuentan los vecinos, el asiento y el motor del avión cayeron encendidos en una de las casas y nadie salió herido, incluso una gran fracción de una de las aeronaves cayó sobre un pajar sin provocar ninguna deflagración. Varias casas fueron afectadas por la caída de cascotes, y al parecer, fueron indemnizados por parte del Ejército de Estados Unidos.

Cuarenta y tres años después del suceso, los vecinos lo recuerdan con estupor, recalcando el miedo que pasaron, incluidos los animales que temblaban cuando un avión sobrevolaba la localidad. Hoy en día, muchos curiosos son los que todavía se acercan hasta esta localidad a medio camino entre Borja y Tarazona para visitar el pueblo que sobrevivió al accidente aéreo.

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