ALSA: carretera al infierno

Hoy quiero hablar sobre una empresa que todos conocemos. La última vez que hablé de una empresa que todos conocemos, casi termino con mis huesos entre rejas. Mentira.

Antes de entrar en harina, quiero aclarar este punto.

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Resulta que escribí un simpático artículo homónimo a este mismo sobre el que estáis pasando los ojos y se formó la gozadera. Supongo que ya sabéis de qué os hablo. Bien, pues hubo unas esbirras de la pseudocomunicación que decidieron difundir un mensaje tan alarmante como morboso: Habría sido denunciada por esta empresa que todos conocemos. Pues bien, secuaces del Maligno, eso jamás ocurrió. Pero ustedes pueden seguir lanzando mierda con su cara de comer ídem.

Disculpadme por este impás de odio por seres humanos que me revuelven las asaduras. Recupero el oremus para redundar en mi enunciado inicial: Vengo a hablar de una empresa que conocemos todos. Esta empresa es ALSA.

¿Vosotros también habéis sufrido un latigazo cervical con solo leer este acrónimo? Según he escuchado en algún mentidero, la R.A.E. estudia implementarlo como nuevo sinónimo del mismísimo Demonio.

/ Artículo NO patrocinado

Yo he vivido en Zaragoza casi toda mi vida, pero mis ínfulas cosmopolitas siempre me han estado zarandeando a Madrid y Barcelona por lo que he viajado en ALSA más de lo que recomiendan las autoridades sanitarias. Diez de cada diez médicos aseguran que viajar en un ALSA fortalece el sistema inmunológico más que desayunar veinte botellitas de Actimel.

Si los puntos ALSA se pudieran canjear por acciones de la empresa, ahora mismo tendría una flota de autobuses para hacer (al menos) diecisiete ediciones del aquel reality de Antena 3 que nunca pasará a nuestra memoria: El Bus.

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Mi (hipotética) flota. ALSA

 

Una de las primeras veces que viajé en un ALSA lo hice con mi primo Gustavo. Viajábamos a Madrid a pasar una noche de jolgorio y excesos. Al bajar, un olor a orín nos sobrevino como una bofetada de Chuck Norris. Era la maleta, una fuga en el urinario había calado en la bodega del vehículo. Este, muy lectores míos, era el nivel.

En este artículo no podría faltar mi amigo Alejandro. Él, que tiene menos carne que un codillo raído por Falete, podría batir un récord Guiness de kilómetros recorrido a bordo de ese aparato de torturas con ruedas. Fue la primera persona que se embarcó en un viaje Barcelona-Madrid sin el objetivo de renovar los papeles en el consulado, sin ignominias con la Administración. Sino por placer. Por gusto.

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Alejandro cuando baja de la guagua.

Recuerdo ir a buscarle una mañana de julio  a la Estación Puerta de Atocha cuando era más oscura y sucia que la guarida de Splinter (la rata de las Tortugas Ninja) y oír cómo sus huesecillos se reengranaban mientras recuperaba el rubor de sus mejillas y su iris ganaba terreno a la esfera inabarcable en la que se había convertido su pupila.

 

Durante los viajes en ALSA empiezas a valorar los pequeños placeres de la vida. Por ejemplo,  el oxígeno. No hay placer mayor que cuando bajas las escalerillas en el área de servicio de Soria, con una capa de nieve en la cuneta más alta que el tupé de Imanol Arias en las campanadas. Sales sin abrigo, a pecho descubierto y a calzón ‘quitao’ con los pulmones dispuestos a respirar  aire puro con la fuerza del sistema respiratorio de Rossy de Palma.

En un ALSA puedes encontrarte de todo, como en botica. Desde un miembro de una civilización perdida, a un chino japonés o a Paco Martínez Soria en bucle infinito desde que rodara ‘La ciudad no es para mí’.

Tanto es así, que en una ocasión volviendo exhausta de Madrid, paramos en Barajas para recoger al resto de nuestro pasaje. Subió un señor con una muleta de esas de madera, sospechosamente no cojeaba. Por lo que todo el viaje fue un sin vivir, pensando que ahí dentro se escondía un sable afilado con hambre de amputar y descuartizar a todos los pasajeros. De ser esta hipótesis cierta, él presunto asesino renunció, considerando que ya éramos mártires de aquel verdugo llamado ALSA.

Todo esto que os cuento ya es pasado, una batallita de quien tiene más años que Miley Cyrus porque los ALSA han mejorado mucho. Ahora tienen una pantalla que no funciona en cada asiento. Es más, si cierras los ojos MUY fuerte, y contienes la respiración, puedes imaginarte viajando en AVE.

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¿Fantasía o realidad?. / ALSA

 

*En este artículo no se ha mencionado la posibilidad de viajar en ALSA Premium, pero eso es cosa de nuevos ricos. Sin ser nada de eso, reconozco que he viajado en este servicio en alguna ocasión y nunca volveré a pagar un extra por una botellita de agua y un paquete de mini-Oreos de marca blanca.

Existe una leyenda que dice que incluye el servicio de azafato/a durante el trayecto.

Un ávido lector (y viajero incansable) me comenta que él conoce a un amigo de un amigo de un amigo de un primo suyo de Murcia, que dice que en este servicio te etiquetan la maleta. Para más INRI, te ofrecen muestras de productos de muestra. ¿Un lujo de marajás al alcance de cualquiera?

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